El acuerdo con el FMI reconfigura al peronismo, que mira al 2023

La pregunta que a esta altura del partido circula por los whatsapps del círculo rojo no es tanto si el acuerdo con el FMI se va a aprobar sino cómo será ese proceso y, más que nada, qué contornos tomará el mapa político del país después de atravesar la tormenta. Oficialismo y oposición se encuentran enredados en madejas muy similares, con importantes diferencias internas, ideológicas y de procedimiento, que a veces se exageran en pos de cálculos ulteriores (léase electorales, y no hay nada de malo en eso). Las tensiones se exacerban por lo que hay en juego. Faltan, diría la placa roja, 526 días para las PASO. Varios corredores se encuentran en sus marcas.

El calendario está ajustado. El lunes 7, con la visita del ministro de Economía, Martín Guzmán, a la cámara baja, comenzará el tratamiento en comisiones que puede tomar hasta el miércoles 9. La idea es llevar el proyecto al recinto el jueves 10 o el viernes 11 y ese mismo día darle dictamen en comisión en el Senado. Sucede que el reglamento de la cámara alta obliga a esperar siete días entre el dictamen y la sesión. Por eso, el acuerdo con el Fondo podría votarse recién el viernes 18. Luego, falta la aprobación del directorio del FMI. Si el martes 22 el trámite no está saldado, la Argentina debería pagar 3200 millones de dólares de la deuda que contrajo Macri y que hoy el país no tiene.

Sin embargo, el gobierno confía en que se van a poder cumplir los tiempos. A pesar de la resistencia de un sector de la coalición oficialista y otro de la oposición, el poroteo mejoró a partir de que se conoció el texto completo del entendimiento. En un escenario optimista, el acuerdo sería acompañado por alrededor de cien diputados oficialistas más la Coalición Cívica, la UCR y un puñado del PRO y luego tendría un paso rápido por el Senado. En el escenario pesimista, el PRO rechaza de plano, arrastra votos de otras ramas de Juntos por el Cambio y el número de objetores de conciencia del Frente de Todos crece considerablemente. Aún así, creen, con suspenso pero se juntan los votos necesarios.

¿Hay un plan C, por si todo sale mal? Parece una costumbre saludable en estos tiempos. En la Casa Rosada niegan que esté en los planes pero es un hecho que Alberto Fernández, si quiere o se vuelve imperioso, puede eliminar de un plumazo el requisito de la aprobación parlamentaria o apoyarse en la ley de Administración Financiera vigente, que autoriza al ejecutivo a endeudarse y renegociar deudas anteriores con el FMI, para darle aprobación al proyecto a través de un DNU. Los interlocutores del presidente, ante la consulta, se rehúsan a sopesar esta hipótesis pero aseguran que Fernández está dispuesto a hacer “cualquier cosa” para evitar que la Argentina entre en default.

Si las cosas salen como están planeadas (y, se sabe, eso es algo excepcional), antes del 22 de marzo se firma el acuerdo y el FMI le transfiere a la Argentina un primer desembolso de casi 10 mil millones de dólares. A partir de ahí comienza lo más espinoso: la coexistencia con el organismo supervisando la economía cada tres meses y reservándose el poder de veto de cualquier decisión que signifique desviarte del camino previsto. Un sector del Frente de Todos está convencido de que eso solamente puede terminar mal. El otro sabe que puede terminar mal pero cree que este camino también puede conducir, con algo de pericia y otro poco de suerte, a un resultado distinto.

Esa diferencia se va a ver reflejada de manera evidente cuando se cuenten los votos en el Congreso. Todos los ojos estarán puestos en el sector donde se sientan los legisladores y legisladoras de La Cámpora. La renuncia de Máximo Kirchner a la jefatura de bloque, su ausencia en la asamblea legislativa y los videos que publicó esta semana la organización, apuntando contra el Fondo dan cuenta del rechazo hacia las negociaciones. Por otra parte, el ministro de Interior, Wado de Pedro, en una entrevista al País de Madrid, dijo este fin de semana que el acuerdo “evita una catástrofe económica en lo inmediato” y “es el comienzo de la solución”. ¿Matices tácticos o diferencias estratégicas? ¿Chi lo sa?

La distancia que tomó Kirchner del gobierno fue aprovechada por el presidente que, más vale tarde que nunca, parece haberse decidido (o sentirse habilitado) a construir políticamente. Esta semana fue notorio. Se sucedieron una movilización numerosa al Congreso para apoyar a Fernández en la apertura de sesiones; un documento de respaldo firmado por el Grupo Callao, el primero desde diciembre del 19, que anticipa una mayor actividad en esas filas; y una fuerte presencia en los medios de varias figuras de ese armado, confrontando con un tono que hasta ahora era desconocido: “Estamos gobernando, no somos comentaristas de la realidad”, dijo Cecilia Todesca en una nota.

Las diferencias al interior del Frente de Todos exceden el acuerdo con el FMI y sería un error simplificar el escenario en dos grupos, cuando la realidad muestra un proceso bastante más caótico de reacomodamiento de fuerzas y alianzas. Cuestiones clave en asuntos económicos, judiciales y de política exterior aportan a una discordia cuya causa última es la falta de acuerdo en un método para resolver esos debates. Sin embargo no deberían eclipsar el motivo por el que las partes se unieron en primer lugar, la contradicción primaria de cualquier proyecto popular en este país: un Nunca Más al neoliberalismo. Tomar nota de que esa amenaza sigue más vigente que nunca.

Fuente: El Destape, Argentina

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