La escritora y poeta nicaragüense Gioconda Belli recibió la mañana del 25 de abril una alerta desde Managua: la aduana había prohibido el ingreso de su más reciente novela, Un silencio lleno de murmullos, al país del que está exiliada. El libro se suma a otros títulos de autores nicaragüenses cuya comercialización ha sido impedida de forma reciente por el régimen de Daniel Ortega y su esposa y copresidenta, Rosario Murillo. “El poder dictatorial teme las verdades que la literatura ilumina. Por eso nos expulsan, nos exilian y nos encarcelan. Eso pasa y ha pasado con los escritores durante la historia”, ha reaccionado Belli. La censura a su obra es el capítulo más reciente de una ofensiva sistemática que ha ilegalizado en el país a 81 instituciones culturales, confiscado festivales y sustituido la creación independiente por una oferta oficialista controlada por la familia presidencial.
El libro de Belli narra la historia de una madre guerrillera y su hija, separadas por el peso del compromiso político y los secretos familiares. Al mismo tiempo, reconstruye la rebelión ciudadana de abril de 2018, que este mes cumple su octavo aniversario, y hace un juicio severo sobre la brutal represión que Ortega y Rosario Murillo desataron contra los manifestantes. La censura contra la obra de destacados autores nicaragüenses es otra forma de la persecución y silenciamiento que el régimen mantiene contra las voces críticas. A través de la aduana, los lotes encargados por las pocas librerías que aún funcionan han sido retenidos. El caso más llamativo fue Tongolele no sabía bailar, la novela de Sergio Ramírez, premio Cervantes y también exiliado en Madrid, como Belli. A ambos escritores Ortega los despojó de su nacionalidad y sus bienes fueron confiscados.

Si bien otros libros de autores internacionales se venden en las librerías, los autores nacionales considerados “traidores a la patria” por la pareja en el poder han sido proscritos de los estantes. Por ejemplo, cada vez se encuentran menos ediciones de poemarios de Ernesto Cardenal, el poeta trapense cuya misa de cuerpo presente fue profanada el 4 de marzo de 2020 por turbas del régimen en la catedral de Managua. Los libreros afirman que prefieren no hacer más encargos en una especie de autocensura para salvaguardarse de la represión cultural.
“No podrán vencer el deseo de la gente de leer. Hay muchas maneras de leer actualmente, sin permiso. No me alegra que impidan que mis novelas entren. Pero sí me da pesar que al pueblo nicaragüense se le impida leer a sus escritores”, dice la poeta Belli, nacida en un país con una tradición literaria y poética robusta de la que ella es una de las más destacadas exponentes. Los nicaragüenses se sienten orgullosos de esa tradición, se consideran “un país de poetas”. Belli ganó el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2023. Cardenal y la escritora Claribel Alegría están también entre los galardonados.
Las novelas censuradas de Belli y de Ramírez se basan en las protestas de 2018 que el régimen Ortega-Murillo reprimió con una violencia inusitada que dejó más de 350 personas asesinadas, miles de encarcelados y exiliados. El régimen, en especial Murillo, intenta imponer una narrativa de “un intento de golpe de Estado”, mientras que organismos de derechos humanos han afirmado que en Nicaragua se cometieron crímenes de lesa humanidad, como han documentado el Grupo de Expertos de Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
La pugna entre Murillo y la cultura independiente no es nueva. Desde los años ochenta del pasado siglo, la esposa de Ortega chocó con el poeta Cardenal, quien dirigía el Ministerio de Cultura durante la revolución sandinista. Ella quería estar al frente de la institución cultural y la pugna duró años, hasta que logró eliminar al ministerio y crear en su lugar el Instituto Nicaragüense de Cultura, con ella como presidenta, en 1989. El propio Cardenal lo dejó escrito en sus memorias: “Cuando se perdieron las elecciones ya no había Ministerio de Cultura porque la Rosario Murillo había acabado con él. Ella siempre quiso ser ministra de Cultura”.

Represión cultural más allá de las novelas
Además de la censura actual de libros, el régimen ha extendido la represión cultural a todos los ámbitos. Más de 5.600 oenegés han sido ilegalizadas desde diciembre de 2018, entre ellas al menos 81 instituciones culturales que fueron canceladas. Entre las iniciativas censuras sobresalen la fundación que administra el Festival Internacional de Poesía de Granada, una de las actividades literarias más importantes de la región, y de la que Gioconda Belli era parte; la Academia Nicaragüense de la Lengua; la Fundación Luisa Mercado, creada por Sergio Ramírez para organizar el festival Centroamérica Cuenta (ahora itinerante por la región) y cuya sede fue confiscada por el régimen; y el Centro Nicaragüense de Escritores, que cada año celebraba un certamen para dar a conocer nuevos talentos literarios. Uno de los pocos teatros independientes que funcionaban en Managua, el Justo Rufino Garay, fue intervenido de forma reciente por el régimen.
Murillo, en cambio, impulsa una oferta cultural oficialista que ella diseña. El caso más emblemático data del 22 de enero de 2020 cuando anunció el “Festival de las Artes Rubén Darío en Granada”, una réplica del Festival de Poesía que llevaba 15 años en el país y en el que participaban cientos de poetas de todo el mundo. Camila Ortega, hija de la pareja presidencial, tiene su propia pasarela, Nicaragua Diseña, financiada con fondos del presupuesto público a través del Instituto Nicaragüense de Turismo.
Otros hijos también usan el Estado para sacar adelante sus caprichos, como es el que caso de Laureano Ortega, considerado el heredero del régimen, y quien monta cada año un festival de ópera a través de su Fundación Incanto, financiado con partidas de ministerios y de la Alcaldía de Managua. Laureano Ortega montó hace algunos años en el Teatro Nacional de Managua, la gran institución Cultural del país, el festival Pucciano. Era la primera vez que en América Central se presentaban Turandot y La Bohème, de Giacomo Puccini, con él, Laureano, estrenándose como tenor en un teatro abarrotado por funcionarios públicos y empleados del Estado obligados a escucharlo. Juan Carlos Ortega Murillo llena el vacío de los conciertos con su banda Ciclos, también con respaldo estatal.
Mientras tanto, músicos y artistas independientes fueron expulsados del país o huyeron al exilio por la represión, donde sobreviven entre la precariedad y la supervivencia. Entre ellos, el que es considerado el mayor exponente de la música popular nicaragüense, Carlos Mejía Godoy, autor de Ay, Nicaragua, Nicaragüita —considerada un segundo himno por los nicaragüenses— y de éxitos como Son tus perjúmenes, mujer o El Cristo de Palacagüina.
Además, la marca familiar Ortega-Murillo llegó hasta los certámenes de belleza. Tras acusar de “traición a la patria” a los organizadores de Miss Nicaragua, Murillo anunció en abril de 2024 su propio certamen, “Reinas Nicaragua”, dirigido también por Camila Ortega. En él, las candidatas agradecen “al comandante Ortega y la compañera Rosario” al presentarse. El certamen surgió después de que Sheynnis Palacios, primera nicaragüense en ganar Miss Universo, se convirtiera en símbolo nacional y terminara en el exilio junto a su familia.







