Entre lectores y leedores: el desafío de leer en tiempos de distracción

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Hace más de una década, en una de las salas de la Feria del Libro, el escritor francés Daniel Pennac trazaba una distinción que sigue resonando con fuerza: no todos los que leen lo hacen del mismo modo. Existen, decía, “lectores” y “leedores”. Él se reconocía en este último grupo: aquellos que no se limitan a experimentar emociones, sino que establecen con el texto una relación intelectual, crítica, incluso incómoda.

La diferencia no es menor. El lector —en su versión más pasiva— puede quedarse en la superficie: la emoción, el entretenimiento, la distracción. El leedor, en cambio, interroga lo que tiene delante, desconfía, dialoga con lo escrito. Hace del acto de leer una forma de pensamiento.

La pregunta, inevitable, vuelve cada año en los pasillos de la Feria: ¿qué tipo de vínculo estamos construyendo con los libros? Y más aún: ¿qué lugar ocupa la lectura en una época atravesada por pantallas, velocidad y dispersión?

La preocupación no es nueva. Desde hace décadas se anuncia, casi como una profecía insistente, la desaparición del libro. Sin embargo, esa idea convive con otra evidencia: la lectura, lejos de extinguirse, se transforma. Cambian los soportes, los ritmos, las formas de atención. Lo que está en disputa no es tanto la existencia del libro como la calidad de la experiencia de leer.

En este contexto, la figura del lector adquiere una centralidad particular. No como consumidor pasivo, sino como constructor de sentido. Leer implica reorganizar lo que está escrito, apropiarse del texto, hacerlo propio. Cada lectura es, en ese sentido, una reescritura.

Pero leer también exige algo cada vez más escaso: atención. No la atención fragmentada que domina la vida digital, sino una forma más profunda, más exigente, capaz de sostenerse en el tiempo. Recuperarla es, quizás, uno de los grandes desafíos culturales del presente.

Hay una vieja imagen que ayuda a pensar este problema. Un hombre busca sus llaves bajo la luz de un farol. Cuando le preguntan por qué no las busca en otro lugar, responde: “Porque acá hay luz”. La escena es absurda, pero también reveladora: tendemos a buscar donde resulta más fácil, no donde es más probable encontrar.

Leer, en cambio, implica muchas veces lo contrario. Es animarse a salir de la zona iluminada, ir más allá de lo inmediato, explorar territorios que no ofrecen certezas ni gratificaciones rápidas. Es, en algún sentido, un ejercicio de incomodidad.

Tampoco conviene cargar a la lectura con una misión redentora. No soluciona todos los problemas ni garantiza una comprensión definitiva del mundo. La memoria es frágil, el olvido es inevitable, y cada libro leído se pierde, en parte, en el tiempo. Pero algo queda: una forma de mirar, una sensibilidad distinta, una inquietud persistente.

En tiempos donde la realidad se presenta saturada de estímulos y simplificaciones, leer puede ser un acto de resistencia. No porque implique heroicidad, sino porque exige detenerse, pensar, dudar.

Y en esa pausa —cada vez más rara— puede abrirse, todavía, la posibilidad de entender un poco mejor lo que nos rodea. Incluso en la oscuridad. Incluso más allá de la luz.

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