César Aira – Una flor rara

Qué absurdo, pensaba, sin que los versos dejaran de brotarle (solos, se diría que por iniciativa propia), escribir estas cosas en verso. ¿No era más adecuada la prosa? ¿A quién se le ocurre, versificar las tablas de mareas o los métodos de extracción del hierro? Era una aberración, y peor todavía era que a todo el mundo le pareciera sublime. Esto lo opinaba desde su posición de poeta. Haciendo versos desde la infancia, había descubierto que no querían decir nada; y viviendo había descubierto que el lenguaje servía para decir cosas. Había una incompatibilidad, que era lo que lo había comprometido con la poesía. Porque la poesía, al no querer decir nada con el instrumento que servía para decir cosas, decía algo, que era a la vez algo y nada. Amaba ese enigma, pero estaba convencido de que no podía durar. Era demasiado extravagante. Eso se la hacía más preciosa. Efímera, la poesía era una flor rara que se había abierto por casualidad, y el milagro había querido que se abriera justo cuando él vivía. En el futuro, una humanidad más razonable haría buen uso de la prosa.

En Parménides

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