Un experimento comprueba que la realidad no existe hasta que es observada

Un experimento teórico de pseudotelepatía cuántica ha comprobado que la realidad no existe hasta que la observamos. Mediante el entrelazamiento cuántico, los científicos han logrado superar los límites de probabilidad para ganar un juego teórico muchas más veces de lo estadísticamente posible. Menos mal que no funciona con la lotería: de ser así, el premio gordo nos tocaría a todos y sería siempre el reintegro.

Un experimento teórico de pseudotelepatía cuántica ha comprobado que la realidad no existe hasta que la observamos. Mediante el entrelazamiento cuántico, los científicos han logrado superar los límites de probabilidad para ganar un juego teórico muchas más veces de lo estadísticamente posible. Menos mal que no funciona con la lotería: de ser así, el premio gordo nos tocaría a todos y sería siempre el reintegro.

También se ha comprobado, como decía mi hija, que esas ondas de probabilidad en las que en ocasiones se convierten las partículas elementales (como los fotones), solo colapsan y conforman la realidad que percibimos cuando las miramos o medimos. La Luna no está necesariamente ahí si no la miras, afirma Science, aludiendo a lo que dice la mecánica cuántica.

Realidad versátil

La sorpresa no termina ahí: una investigación realizada hace dos años comprobó la versatilidad de la realidad. Según esta investigación, la realidad cuántica puede fragmentarse en diferentes partes y ofrecer una perspectiva única para cada observador.

Viene a decir que, de la misma forma que en el mundo cuántico las partículas son ondas y partículas a la vez, la objetividad con la que pretendemos describirla presenta una perspectiva única para cada observador, sin perder al mismo tiempo su validez universal.

Concluye que la medición cuántica, base del conocimiento científico, no sería algo absoluto, sino relativo: una relatividad extrema cuestiona el principio establecido hasta ahora de que solo existe una única realidad, que se percibe siempre de la misma forma.

Es decir, al hecho de que la realidad cuántica depende de la medición, se suma la constatación de que, cuando medimos, no todos vemos la misma realidad, sino que esa percepción varía según cada observador, sin que por ello deje de tener validez universal lo que cada uno ha medido. La observación es particular y al mismo tiempo universal en el mundo cuántico.

Pseudotelepatía cuántica

Con estas intríngulis en la cabeza, la nueva investigación a la que se refiere Science añade un elemento más al puzle cuántico. Viene a decir que, a través de un juego teórico, los científicos han comprobado que dos jugadores que realizan diferentes apuestas pueden ganar hasta el 93,84 por ciento de las veces porque, sencillamente, burlan la realidad usando lo que se denomina pseudotelepatía cuántica.

La victoria depende mucho de la coincidencia de apuestas entre los jugadores, que no pueden tener comunicación alguna entre ellos y acertar solo si su apuesta coincide con la apuesta de su rival.

Sin tener esa comunicación entre ellos, jugaron 1.075.930 rondas y ganaron 1.009.610 de ellas, un resultado imposible si el juego se desempeñara en el mundo físico real, según las estadísticas clásicas.

La única explicación posible que los autores de esta investigación han encontrado de este resultado se encuentra en la citada pseudotelepatía cuántica, una propuesta que ronda los círculos científicos desde 1999 y que, en teoría, permite a los participantes en algunos juegos (bayesanos) obtener resultados como si estuvieran haciendo trampas y comunicándose entre sí para obtener resultados fraudulentos en el juego.

Por supuesto este tipo de telepatía es tan solo una telepatía cuántica que solo se va a cumplir en distancias, masas y tiempo extremadamente pequeñas. Pero las matemáticas nos permiten saber cómo podría ser nuestra vida si fuésemos extremadamente pequeños: para tener telepatía necesitaríamos tener una masa de 10 elevado a menos 27veces menor de la que realmente tenemos.

Entrelazamiento cuántico

Por lo tanto, el juego teórico que aporta este resultado no se puede hacer con papel y tinta, es decir, en el mundo de cada día, en el que la realidad se comporta como si nada de lo que sabemos estuviera ocurriendo en las partículas elementales que construyen nuestro mundo, en los sótanos de la realidad ordinaria.

Solo se puede demostrar usando partículas en estado de

entrelazamiento cuántico, otra propiedad, bien conocida, de las partículas elementales, que les permiten comunicarse entre sí a largas distancias sin que medie un canal de comunicación física entre ellas.

Se trata de un fenómeno muy real, desconcertante y útil, como lo ha descrito Nicholas Bornman, que en este caso captura las dos apuestas realizadas en el juego teórico y las asimila una a la otra, como si estuvieran en entrelazamiento cuántico, obteniendo así el insólito resultado.

Todo el esquema funciona porque las apuestas surgen (colapsan, como los fotones) solo a medida que se realizan las mediciones (por el árbitro del juego), destaca al respecto la revista Science, aunque este resultado es inconcebible en el mundo ordinario: no podemos imaginar que más del 90 por ciento de los jugadores a la lotería acierten todos a la vez el mismo premio.

En este supuesto, la lotería perdería todo su sentido: no valdría la pena jugar solo por el reintegro. Mejor dejamos de momento el mundo cuántico en el espacio-tiempo que le es propio, aunque el descubrimiento que aporta esta investigación tiene al menos un sentido práctico: ayudará a perfeccionar la computación cuántica.

Sin embargo, lo más relevante de esta investigación es que ahonda en la pertinaz duda sobre la naturaleza de la realidad que manifestaba mi hija en su niñez y que perdura hasta nuestros días.

Yaiza Martínez es hoy es una acreditada poeta que ha publicado un libro llamado “El argumento de la realidad” (Tigres de Papel, Madrid, 2014) en el que escribe: “Todo está en todo, parecía el argumento de la realidad”. Podría ser una forma poética de decir lo mismo que dicen los científicos, que es lo que ella ya pensaba cuando solo era una niña.

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