Ucrania: cuatro años de guerra dejan una herida invisible y casi un tercio de los civiles presenta síntomas de TEPT

La guerra no termina cuando cesa el bombardeo. Para millones de ucranianos, el conflicto continúa dentro de sus casas, en sus recuerdos, en el sueño interrumpido por cualquier ruido y en el miedo ante cada alarma aérea. Después de más de cuatro años de invasión rusa a gran escala, una nueva investigación ofrece una dimensión particularmente profunda de las consecuencias de la guerra: el 31,2% de los civiles ucranianos estudiados cumple los criterios para un trastorno de estrés postraumático (TEPT) o para su forma compleja (TEPT-C).

El dato surge de una encuesta nacional representativa realizada a 2.504 adultos residentes en regiones bajo control del Gobierno de Ucrania. La investigación fue desarrollada por científicos de varias instituciones, entre ellas el King’s College London, la Kyiv School of Economics, la George Washington University, la University of Manchester y el Centre for East European and International Studies. El trabajo fue publicado el 28 de septiembre de 2026 en la European Journal of Psychotraumatology.

La investigación encontró que el 25,2% de los participantes cumplía los criterios para TEPT y otro 6% para TEPT complejo, lo que lleva la prevalencia combinada al 31,2%. Los investigadores advierten, sin embargo, que se trata de una fotografía de la situación en medio de una guerra todavía activa y no de una medición definitiva de las consecuencias psicológicas que tendrá el conflicto a largo plazo.

Una guerra que penetra en la vida cotidiana

El trauma no está limitado a quienes combaten en el frente. Los ataques con misiles y drones alcanzan ciudades alejadas de las líneas de combate, destruyen viviendas, escuelas, hospitales y redes de energía, obligan a millones de personas a desplazarse y mantienen a la población bajo una amenaza permanente.

La investigación encontró que más del 90% de los encuestados había experimentado al menos un acontecimiento traumático durante su vida adulta. Además, más del 70% informó haber sufrido bombardeos en su zona de residencia y el 65% afirmó haber presenciado destrucción relacionada con la guerra. Cerca de la mitad tenía un familiar que estaba sirviendo en el frente.

Esos datos permiten comprender por qué el trauma de la guerra no puede medirse solamente contando muertos, heridos o edificios destruidos. Existe otra dimensión, menos visible, que se acumula con el paso del tiempo y puede continuar mucho después de que las armas hayan dejado de disparar.

El trauma que reaparece cuando todo parece haber terminado

El trastorno de estrés postraumático puede aparecer después de acontecimientos que amenazan gravemente la integridad física o la vida. Entre sus manifestaciones se encuentran los recuerdos intrusivos, las pesadillas, la ansiedad, la irritabilidad, la hipervigilancia y las alteraciones del sueño.

En una guerra prolongada, además, el organismo no necesariamente tiene la posibilidad de abandonar el estado de alerta. Una persona puede sobrevivir a un ataque y, días después, volver a escuchar las sirenas. Puede reparar su vivienda y volver a perderla. Puede abandonar una ciudad y continuar recibiendo noticias de familiares que permanecieron allí.

El estudio subraya precisamente esa particularidad: Ucrania constituye un escenario de trauma continuo, donde la exposición a acontecimientos potencialmente traumáticos puede repetirse durante años. La cantidad acumulada de experiencias traumáticas y de factores de estrés vinculados con la guerra estuvo asociada con una mayor probabilidad de presentar TEPT o TEPT complejo.

La investigadora principal, Emma Facer-Irwin, del King’s College London, señaló que no es posible atribuir cada caso exclusivamente a la invasión rusa, porque las personas pueden haber sufrido otros acontecimientos traumáticos antes de la guerra. Pero la acumulación de experiencias vinculadas al conflicto constituye un factor relevante dentro de los resultados obtenidos.

No solamente los soldados llevan las marcas de la guerra

Uno de los aspectos más significativos de la investigación es que analiza a la población civil general, y no únicamente a combatientes, veteranos o personas desplazadas.

Esto permite observar una transformación profunda de la experiencia de la guerra moderna. Los misiles de largo alcance y los drones han convertido las ciudades en espacios potencialmente expuestos incluso cuando se encuentran a cientos de kilómetros del frente.

El profesor Volodymyr Kulyk, de la Kyiv School of Economics, destacó que el TEPT y el TEPT complejo no están restringidos a los veteranos o a las personas que viven cerca de las zonas de combate, sino que también afectan a quienes han sufrido ataques con misiles y drones en ciudades alejadas del frente, así como a quienes cuidan a personas heridas o traumatizadas.

La guerra, de esta manera, deja de ser exclusivamente una experiencia militar. Se convierte en una experiencia social.

La dimensión invisible de la destrucción

Una vivienda destruida puede ser reconstruida. Una central eléctrica puede volver a funcionar. Una carretera puede ser reparada. Pero las consecuencias psicológicas pueden permanecer durante años.

Por eso, la reconstrucción de Ucrania después de la guerra no será únicamente una cuestión de infraestructura. También deberá abordar las consecuencias psicológicas de una población que ha vivido bajo amenaza constante, con pérdidas familiares, desplazamientos, separación de seres queridos y destrucción de sus comunidades.

Los investigadores destacan que muchas personas, pese a haber atravesado acontecimientos traumáticos, continúan desarrollando estrategias para adaptarse a condiciones extremadamente difíciles. La conexión social y el sentimiento de pertenencia a una comunidad pueden actuar como factores protectores frente al trauma persistente.

Ese elemento resulta especialmente importante en una sociedad sometida a una experiencia colectiva. La solidaridad entre vecinos, familiares y comunidades puede convertirse en una forma de supervivencia psicológica.

Resiliencia frente al trauma

La experiencia de organizaciones humanitarias que trabajan en Ucrania muestra la importancia de combinar tratamiento psicológico con redes sociales de apoyo.

En los centros de rehabilitación, los primeros objetivos suelen ser estabilizar a las personas y ayudarlas a recuperar recursos personales para enfrentar situaciones de crisis. Después se trabaja sobre las experiencias traumáticas y sobre herramientas que permitan reconstruir una vida cotidiana.

La resiliencia no significa olvidar la guerra ni borrar sus consecuencias. Significa desarrollar mecanismos para continuar viviendo pese a ellas.

La investigación también muestra que no todas las personas que experimentaron acontecimientos traumáticos desarrollan un trastorno de estrés persistente. Precisamente por eso, los científicos intentan identificar qué factores protegen a quienes logran adaptarse y cuáles aumentan el riesgo de desarrollar síntomas duraderos.

Una herida que todavía está abierta

La principal dificultad para medir el impacto definitivo de la guerra es que la guerra todavía no terminó.

El estudio constituye una fotografía de la población civil ucraniana en un momento determinado, pero no puede anticipar completamente qué ocurrirá cuando desaparezca la amenaza cotidiana de los ataques. Los propios investigadores advierten que las consecuencias de largo plazo probablemente se comprenderán con mayor precisión cuando las personas puedan ponerse a salvo y tengan la posibilidad de recuperarse de manera sostenida.

Esto plantea una paradoja: la verdadera dimensión psicológica de la guerra quizá pueda medirse recién después de que termine.

Mientras continúen los bombardeos, muchas personas permanecerán sometidas a nuevas experiencias potencialmente traumáticas. El proceso de recuperación no puede desarrollarse plenamente mientras la amenaza sigue presente.

La guerra después de la guerra

La destrucción de Ucrania podrá verse desde el espacio: ciudades dañadas, edificios derrumbados, infraestructura energética destruida. Pero existe otra destrucción que no aparecerá en las imágenes satelitales.

Está en las personas que se sobresaltan ante el ruido de una explosión. En quienes ya no pueden dormir profundamente. En las familias que esperan noticias desde el frente. En quienes perdieron sus casas o tuvieron que abandonar sus ciudades. En los niños que están creciendo bajo las sirenas de alarma.

El 31,2% registrado por esta investigación no representa simplemente una cifra estadística. Es una señal de la profundidad con que una guerra prolongada puede penetrar en una sociedad civil.

Y mientras los misiles continúen cayendo, la reconstrucción psicológica seguirá siendo una tarea pendiente. Ucrania no tendrá que reconstruir solamente sus edificios, sus rutas, sus hospitales y su sistema energético. También tendrá que reconstruir algo mucho más difícil de medir: la sensación de seguridad de una sociedad que lleva años viviendo bajo la amenaza de la guerra.

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