Hace casi una década, cuando la inteligencia artificial todavía no formaba parte de la vida cotidiana como hoy, Stephen Hawking lanzó una de sus reflexiones más contundentes sobre el futuro del trabajo y la desigualdad. Consultado por el avance de la automatización y el posible desplazamiento laboral, el científico apuntó a un problema de fondo: no la tecnología en sí, sino cómo se distribuyen sus beneficios.
Su diagnóstico fue claro. Si las máquinas llegan a producir todo lo que las personas necesitan, el resultado dependerá exclusivamente de la forma en que esa riqueza sea repartida. En ese escenario, planteó dos caminos posibles: una sociedad donde todos puedan acceder a una vida próspera gracias a lo generado por la tecnología, o un mundo en el que la concentración económica deje a grandes sectores en la pobreza.
Para Hawking, la tendencia ya mostraba señales preocupantes. Lejos de una distribución equitativa, advertía que el desarrollo tecnológico estaba profundizando las brechas existentes.
Durante una sesión de preguntas y respuestas en la plataforma Reddit —un formato conocido como AMA (Ask Me Anything)—, en la que respondió miles de consultas, el físico también abordó los riesgos de la inteligencia artificial. Allí aclaró que el peligro no radica en una supuesta “maldad” de las máquinas, sino en su capacidad de superar a los humanos en la consecución de objetivos.
Para explicarlo, recurrió a una metáfora tan simple como inquietante: los humanos no destruyen hormigueros por maldad, pero si un proyecto los afecta, su destino queda sellado. En un futuro con una IA más avanzada, la humanidad podría ocupar ese mismo lugar si sus intereses no están alineados con los de las máquinas.
Hawking incluso contempló la posibilidad de una “explosión de inteligencia”: un punto en el que la inteligencia artificial no solo iguale, sino que supere ampliamente la capacidad humana, incluso mejorándose a sí misma sin intervención. Ese escenario, advirtió, podría dar lugar a sistemas mucho más inteligentes que nosotros, en una proporción comparable a la que separa a los humanos de otras especies.
Aunque falleció en 2018 a los 76 años, sus advertencias siguen resonando en un presente donde la inteligencia artificial ya no es una promesa futura, sino una fuerza activa que redefine la economía, el trabajo y las relaciones sociales.







