El cierre prolongado del estrecho de Ormuz, que ya supera el mes, dejó al descubierto la extrema vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro, tanto energéticas como humanitarias. La escalada del conflicto —tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán— derivó en represalias, amenazas y ataques a buques que, en la práctica, paralizaron el tránsito por una de las rutas marítimas más estratégicas del mundo.
Aunque el presidente Donald Trump anunció una pausa temporal en las operaciones militares, vinculada a negociaciones y a una eventual reapertura del estrecho, la situación continúa siendo altamente inestable. Teherán mantiene el control del paso y condiciona la circulación a coordinaciones con sus fuerzas armadas.
Por Ormuz circula cerca del 20% del petróleo y gas mundial, además de una porción significativa del comercio marítimo. Su bloqueo obligó a rediseñar en tiempo real los flujos energéticos globales, con un actor inesperadamente central: Suiza. Aunque el país tiene una exposición directa limitada, su rol como hub de comercio de materias primas lo convierte en un nodo clave para la gestión, financiamiento y redireccionamiento de estos flujos.
El impacto no se limita al sector energético. La crisis también golpea con fuerza a las cadenas de suministro humanitarias. La Programa Mundial de Alimentos advirtió que se trata de la mayor disrupción desde la pandemia y la guerra en Ucrania, con decenas de miles de toneladas de alimentos retrasadas o inmovilizadas. El encarecimiento del combustible y las rutas alternativas más largas elevan los costos y reducen la capacidad de asistencia en un contexto global ya tensionado.
A nivel económico, el principal riesgo inmediato es el aumento sostenido de los precios de la energía, que actúa como un impuesto indirecto sobre hogares y empresas. Esto no solo reduce el consumo, sino que también afecta la actividad industrial, presiona los márgenes y debilita la confianza, especialmente en Europa, principal socio comercial suizo.
Los efectos se extienden a múltiples sectores. Las empresas de trading enfrentan mayor volatilidad y exigencias de liquidez; los bancos endurecen condiciones crediticias ante el riesgo creciente; y las aseguradoras elevan las primas o incluso limitan la cobertura para el transporte marítimo. En algunos casos, los costos de asegurar buques en zonas de conflicto se dispararon en cuestión de días, provocando una caída abrupta del tráfico.
En paralelo, la crisis amenaza con trasladarse al sistema alimentario global. El encarecimiento del gas —clave para la producción de fertilizantes— y las dificultades logísticas podrían derivar en una suba de precios agrícolas y una eventual caída en las cosechas. Organismos internacionales advierten que, de prolongarse el conflicto, millones de personas podrían caer en inseguridad alimentaria.
El peor escenario contempla una escalada que lleve el precio del petróleo a niveles extremos, con impacto directo en el crecimiento global y riesgo de recesión. En ese contexto, economías abiertas como la suiza serían especialmente vulnerables, no por exposición directa, sino por contagio a través del comercio, la inversión y la confianza.
En definitiva, la crisis en Ormuz no solo redefine rutas energéticas: revela hasta qué punto el equilibrio económico global depende de un puñado de corredores estratégicos cuya estabilidad ya no está garantizada.







