Nicholas Burbules: “La inteligencia artificial no debe reemplazar el aprendizaje, sino potenciarlo”

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El avance acelerado de la inteligencia artificial está reconfigurando uno de los territorios más sensibles de cualquier sociedad: la educación. En medio de un escenario atravesado por la irrupción de plataformas capaces de redactar textos, responder preguntas complejas y asistir procesos cognitivos, surge una pregunta decisiva: ¿la IA mejorará el aprendizaje o terminará sustituyéndolo?

Para el filósofo de la educación estadounidense Nicholas Burbules, una de las voces internacionales más influyentes en el estudio del vínculo entre tecnología y enseñanza, el desafío no reside en frenar la innovación, sino en aprender a convivir inteligentemente con ella.

Doctor en Filosofía de la Educación por la Stanford University y profesor emérito de la University of Illinois Urbana-Champaign, Burbules lleva décadas investigando cómo las tecnologías digitales transforman las formas de enseñar y aprender. Fue uno de los pioneros del concepto de “aprendizaje ubicuo”, una idea que anticipó cómo internet y los dispositivos móviles diluirían las fronteras entre la educación formal y la experiencia cotidiana.

Su visita reciente a la Argentina, donde participó del VII Seminario de Innovación en Educación de Ticmas, sirvió como plataforma para abordar uno de los debates más urgentes de nuestro tiempo: el impacto de la inteligencia artificial en las aulas.

El gran dilema: apoyo o reemplazo

Para Burbules, la principal discusión educativa no gira alrededor de si los estudiantes utilizarán inteligencia artificial —porque eso ya ocurre—, sino sobre el rol que ocupará esa herramienta en el proceso de aprendizaje.

“La gran pregunta es si la IA será un apoyo para aprender o un sustituto del aprendizaje”, plantea.

El especialista advierte que muchas de las preocupaciones actuales parten de una lógica equivocada. En Estados Unidos, por ejemplo, crece el temor por el uso de sistemas como ChatGPT para redactar trabajos escolares o universitarios. Sin embargo, el problema —según sostiene— no es tecnológico, sino pedagógico.

“El objetivo de la educación no es producir un trabajo terminado. El aprendizaje ocurre durante el proceso de hacerlo”, afirma.

En otras palabras: si una inteligencia artificial escribe un ensayo por el estudiante, el resultado puede parecer correcto, pero el conocimiento no necesariamente fue adquirido. Aprender a escribir implica escribir; aprender a argumentar exige argumentar.

El fenómeno, dice, expone una debilidad estructural de los sistemas educativos contemporáneos: la obsesión por evaluar productos finales antes que procesos cognitivos.

La escuela frente a una crisis de consignas

Burbules también cuestiona el modo en que muchos docentes estructuran sus evaluaciones.

A su juicio, gran parte de las tareas escolares actuales son fácilmente resolubles por algoritmos porque fueron diseñadas para respuestas mecánicas.

“Si la consigna es resumir un libro o enumerar acontecimientos históricos, eso es exactamente lo que la IA hace bien”, explica.

El problema no es que los alumnos recurran a estas herramientas, sino que la escuela continúe formulando preguntas de baja complejidad intelectual.

En cambio, propone diseñar actividades que exijan interpretación, análisis y comprensión profunda.

Por ejemplo, en vez de pedir un resumen de una novela, sugiere plantear preguntas sobre la construcción psicológica de los personajes, los dilemas morales o las tensiones narrativas.

Ese tipo de ejercicios obliga al estudiante a pensar, conectar ideas y construir una mirada propia.

“La inteligencia artificial puede describir hechos, pero comprender es otra cosa”, resume.

La comprensión como núcleo irreemplazable

Una de las palabras que más repite Burbules es “comprensión”.

Para el académico, el verdadero propósito educativo no consiste en transmitir información, sino en lograr que los estudiantes desarrollen una comprensión profunda de los fenómenos.

Y allí, asegura, sigue existiendo una diferencia sustancial entre seres humanos y máquinas.

“Escuchar palabras no significa entender lo que alguien quiso decir”, señala.

La comprensión —insiste— requiere empatía, contexto, interpretación y una relación más compleja con el conocimiento.

El ejemplo de la historia es revelador: enseñar historia no significa memorizar fechas, sino preguntarse por qué ocurrieron las guerras, cómo operaron las decisiones políticas o de qué modo influyeron las culturas.

Ese nivel de razonamiento, cree Burbules, todavía pertenece al terreno humano.

¿Prohibir la IA? “No va a funcionar”

Mientras muchas instituciones intentan bloquear herramientas de inteligencia artificial, el investigador adopta una postura pragmática.

“La prohibición no funcionó con el alcohol y tampoco funcionará con la IA”, sentencia.

A su juicio, pretender erradicar estas tecnologías del ámbito educativo es una batalla perdida desde el inicio.

Si están disponibles, los estudiantes las usarán.

Por eso propone abandonar la lógica punitiva y avanzar hacia un modelo basado en alfabetización tecnológica: enseñar cómo utilizar la IA de manera productiva, ética y formativa.

La cuestión central ya no sería impedir el uso, sino orientar su implementación.

Un estudiante podría, por ejemplo, utilizar un chatbot para organizar ideas, encontrar bibliografía o recibir explicaciones complementarias, sin delegar completamente el trabajo intelectual.

La diferencia radica en si la herramienta ayuda a pensar o reemplaza el pensamiento.

El problema de los docentes rezagados

Paradójicamente, Burbules sostiene que muchos educadores llegan tarde al fenómeno tecnológico.

Mientras los estudiantes exploran nuevas plataformas con rapidez, buena parte del sistema educativo continúa reaccionando desde el miedo o la resistencia.

“La relación cambió: ya no se trata de impedir que usen IA, sino de entender qué hacen con ella y ayudarlos a usarla mejor”, afirma.

Ese cambio implica un desafío incómodo: el docente ya no monopoliza el acceso al conocimiento.

Pero eso no significa que pierda relevancia.

Por el contrario, considera que el rol del maestro puede fortalecerse si se enfoca en aquello que la IA todavía no puede ofrecer: criterio, acompañamiento, profundidad conceptual y formación humana.

“No vas a ser reemplazado por la IA, sino por personas que sepan usar IA”, advierte.

Celulares en el aula: de defensores a reguladores

Curiosamente, Burbules reconoce haber modificado su posición sobre el uso de celulares en clase.

Hace dos décadas defendía su incorporación como herramienta pedagógica. Hoy, en cambio, cree que es razonable limitar su presencia debido al impacto de las redes sociales.

Las plataformas digitales, explica, fueron diseñadas para capturar atención constante y funcionan como potentes mecanismos de distracción.

“Hoy entiendo la necesidad de establecer reglas”, admite.

Eso no significa expulsar la tecnología de las aulas, sino aprender a regularla.

El celular puede seguir siendo una herramienta educativa —para grabar entrevistas, investigar o documentar proyectos—, pero necesita un marco de uso responsable.

El aprendizaje ubicuo y el fin del aula tradicional

Uno de los aportes más influyentes de Burbules fue el concepto de “aprendizaje ubicuo”, formulado mucho antes del auge de los smartphones.

La idea sostiene que el aprendizaje ya no ocurre exclusivamente dentro de la escuela: sucede en cualquier momento y lugar.

Internet, las redes y ahora la inteligencia artificial borraron las fronteras entre educación formal e informal.

Aprendemos mirando videos, conversando en línea, resolviendo problemas cotidianos o interactuando con herramientas digitales.

Por eso, Burbules cree que las universidades deben replantearse profundamente.

“No construyan más aulas, construyan más cafés”, suele decir.

Su argumento es simple: el conocimiento también emerge del encuentro, la conversación y el intercambio social.

Los espacios híbridos —físicos y digitales— serán cada vez más centrales en la formación.

El riesgo de mirar hacia atrás

En países como Suecia comenzaron a surgir políticas de retorno al libro en papel y reducción del uso de pantallas.

Burbules entiende la preocupación, pero advierte que puede convertirse en una respuesta nostálgica frente a un problema irreversible.

“No creo que volver atrás sea una solución de largo plazo”, sostiene.

La pregunta, insiste, no debería ser cómo preservar intacta la vieja educación, sino cómo enseñar en un mundo donde la inteligencia artificial ya existe.

Ignorarla podría volver irrelevantes a muchas instituciones educativas frente a nuevas formas de capacitación más adaptadas al mercado laboral.

Un cambio de época

A sus 72 años, Burbules observa el presente con cautela, aunque sin alarmismo.

Reconoce riesgos profundos —desinformación, dependencia tecnológica, superficialidad cognitiva—, pero también un potencial transformador enorme.

La inteligencia artificial, afirma, modificará la educación tanto como internet transformó la comunicación.

La clave estará en decidir si esa revolución amplía las capacidades humanas o simplemente las reemplaza.

“La IA puede ayudarnos muchísimo”, concluye. “Pero aprender sigue siendo algo profundamente humano”.

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