Mientras el sol se pone sobre un campamento de desplazados en el sur de Gaza, Mosab al Trtori, de 20 años, se agacha junto a una hilera de plántulas de pimientos, tomates y berenjenas plantadas en la arena.
El agua salada y la tierra poco fértil impiden cultivar, pero sus pequeñas cosechas ocasionales ayudan a alimentar a su familia en un lugar donde incluso los ingredientes más básicos pueden ser imposibles de encontrar y donde la principal actividad del día es buscar qué comer.

Mosab tiene más suerte que la mayoría en Gaza: su familia puede permitirse comprar comida, a diferencia de muchos otros civiles.
Antes de la guerra, vivían en una gran casa de dos plantas en la ciudad sureña de Rafah, donde él y cada uno de sus hermanos tenían su propia habitación. Mosab estudiaba ingeniería y también dirigía un canal de videojuegos en YouTube.

Ahora, Mosab vive en el extenso campamento de al Mawasi, cerca del Mediterráneo, donde duerme en tiendas de campaña con ocho miembros de su familia: sus padres, tres hermanos, su abuela y dos primos, cuyas familias inmediatas, dice, murieron en ataques israelíes.
Ahora usa sus cuentas de redes sociales para documentar su vida en una zona de guerra.
La comida está presente constantemente en la mente de la gente. «A veces hemos deseado la muerte antes que seguir viviendo en estas condiciones, pensando siempre en comida y agua», dice.

Crédito: Reuters
Israel no permite a los periodistas internacionales el libre acceso a Gaza, pero Mosab compartió con la BBC una serie de videos, notas de voz y fotografías tomadas el mes pasado en un solo día que revelan la lucha de él y otros para encontrar comida, agua, combustible y fuego.
Él buscaba los ingredientes para hacer mujaddara, un plato árabe popular hecho de lentejas, arroz, cebollas y, a veces, ajo.
Gaza está devastada por el hambre y la desnutrición, y un organismo de seguridad alimentaria respaldado por Naciones Unidas confirmó la hambruna en Ciudad de Gaza por primera vez en agosto. Solo en ese mes, se registraron 185 muertes por desnutrición, según el Ministerio de Salud gazatí.
Las agencias de ayuda humanitaria, altos funcionarios de la ONU, el gobierno de Reino Unido y otros países afirman que la hambruna en Gaza es consecuencia de las acciones de Israel. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha negado repetidamente que exista hambruna y ha afirmado que, donde haya hambre, la culpa es de las agencias de ayuda humanitaria y de Hamás.
Todos los días, Mosab va a los mercados callejeros. Su familia lo envía porque, según él, es el mejor regateando.

A pesar de sus ingredientes simples, la mujaddara ahora está reservada para las clases medias, dice.
Mientras que quienes tienen acceso a efectivo pueden comprar en los mercados, otros en el campamento de Mosab dependen completamente de la ayuda humanitaria. Naciones Unidas afirma que más de 2.000 personas han muerto en los alrededores de los centros de ayuda humanitaria y los convoyes en los últimos meses. El organismo afirmó que en agosto la mayoría de las muertes fueron a manos del ejército israelí. Israel lo niega.
«Justo ayer, nuestro vecino resultó herido [en un tiroteo militar israelí], y otro vecino también resultó herido; uno de ellos recibió dos balazos”, cuenta Mosab.
Él se siente culpable porque quienes le rodean no tienen otra opción que acudir a los centros de ayuda y dice que tiene un “temor constante” de que la situación relativamente privilegiada de su familia empeore.
Algunos de los alimentos que se venden en el mercado provienen de camiones de ayuda, que fueron robados por bandas y vendidos a comerciantes ambulantes.
«En realidad, aquí en Gaza, vivimos del trabajo de los ladrones».
Mosab
Las existencias son limitadas, algunas están podridas, y la falta de productos disparó los precios, haciendo que incluso los productos básicos sean inasequibles para muchos, señala.
Camina dos horas bajo un calor abrasador para encontrar ingredientes y regatear a los vendedores. Alimentos básicos como la cebolla, que sabe que alegrará el día a su familia, son un lujo en Gaza.
Un solo diente de ajo le cuesta US$3, aproximadamente diez veces lo que su familia solía pagar por un paquete de cuatro bulbos enteros.
También consigue los demás ingredientes que necesita. «Compramos lentejas marrones y enteras, arroz, también conseguí salsa de tomate para echar por encima y un poco de cebolla, porque en la mujaddara todo gira en torno a la cebolla», explica.

Al igual que los alimentos, el dinero en efectivo escasea en Gaza, ya que los cajeros automáticos y los bancos fueron destruidos o dejaron de funcionar durante la guerra, e Israel ha prohibido las grandes inyecciones de efectivo, afirmando que serían utilizadas por Hamás.
Mosab dice que las comisiones que la familia tiene que pagar para obtener efectivo pueden ser de más del 50%.
La crisis financiera se está profundizando, expone, y familias como la suya tal vez no puedan mantener ni siquiera este nivel de vida por mucho más tiempo.
La gente también vende directamente la ayuda humanitaria pese a que arriesgaron su vida por conseguirla.
“Te lo venden, pero a un precio astronómico. Al final, les suplicas que te lo vendan”, dice Mosab.

La harina es particularmente escasa, dice. A veces, corren rumores de que está disponible y la gente corre al mercado, solo para llevarse una decepción.
Ese día, Mosab contactó a conocidos y amigos y finalmente encontró harina para hacer pan, a unos 4 kilómetros de distancia a pie.
“Logré convencer al tipo para que me vendiera un saco de harina de 25 kilos por 700 shekels (unos US$200)”, cuenta Mosab, explicando que es aproximadamente 30 veces el precio de antes de la guerra.
A ese precio, una bolsa estándar de 1,5 kilos de harina común en Reino Unido, que actualmente cuesta tan sólo 70 peniques, costaría más de US$12.
«Es exasperante. Además, cargar con el saco es agotador. El sol a mediodía es brutal, te deja agotado».

No se trata solo de la escasez de alimentos. Gran parte de la infraestructura necesaria para distribuir agua potable ha resultado gravemente dañada o destruida y la mayoría de la gente depende ahora de suministros esporádicos de plantas de desalinización que siguen en funcionamiento.
Cuando la familia de Mosab se despierta ese día, les queda un recipiente y medio de agua: unos 12 litros.

“Esperamos que llegue agua potable. Si no, tendremos que recorrer un largo camino [hasta las plantas desalinizadoras]… y el agua que traeremos no será realmente potable, pero no hay otra opción”, indica Mosab.
Más tarde, en el campamento reinan la euforia y el caos cuando se corre la voz de que los camiones cisterna están en camino.
“Todo el campamento empezó a correr sin siquiera pensarlo”, relata Mosab.

Preparar una comida también requiere combustible.
Mosab dice que un encendedor, comprado por unos 100 shekels (US$30), se comparte entre 25 familias. Al igual que la comida, el agua y el combustible, los precios de los encendedores fluctúan; ahora se puede comprar uno por aproximadamente la mitad, dice.
La gente de su campamento cocina alimentos escasos en estufas improvisadas, sobre fuegos a veces alimentados por sus viejos muebles.
Tras regresar del mercado, corta leña con un hacha y un martillo que comparten los vecinos. Su familia aún tiene leña, comprada unos días antes a un hombre que vivía lejos y que estaba dispuesto a aceptar una transferencia bancaria en lugar de efectivo.

A veces, la madera proviene de los escombros de las casas bombardeadas por las fuerzas israelíes. Hay quienes venden escombros a cambio de dinero, señala Mosab; hay quienes ni siquiera pueden permitirse comprar madera.
Partir la leña es agotador y Mosab se corta dos veces en el proceso.
“Si Dios quiere, los tiempos de tener gas volverán”, afirma.

Además de la madera, Mosab quema plástico como combustible, que es más fácil de conseguir y más barato.
Dice que saben que los vapores son malos para la salud, pero comer es más importante.

La madre de Mosab prepara la mujaddara, que él come en el suelo de la tienda de la familia.
«Estaba muy bueno … pero normalmente estaría aún mejor. No teníamos suficientes cebollas», admite después.
Sabe que los demás en su campamento no comerán nada, y dice que la disparidad le pesa.

Cuando se pone el sol, recoge agua salada y amarillenta de un pozo y se dirige a sus cultivos junto a la tienda de su familia, en el oeste del campamento.
“No tengo más remedio que usarla, aunque dañe las plántulas y los cultivos”, afirma.

Mosab sueña con continuar sus estudios de ingeniería una vez que termine la guerra. Mientras se prepara para otra jornada de compras en los mercados, también sueña con el día en que haya comida disponible libremente en Gaza.
Mientras tanto, dice, “seguimos sacando agua del pozo y regando nuestras plantas”.
Fuente: BBC







