La fatiga de ser siempre mejor: cómo la autoexigencia permanente redefine el malestar contemporáneo

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En una época donde el bienestar parece una obligación y el éxito se mide en términos de productividad constante, crece la preocupación entre especialistas por nuevas formas de malestar emocional. La presión por “estar bien”, rendir sin pausa y sostener una imagen activa y positiva dejó de ser una aspiración para convertirse en una exigencia cotidiana.

El filósofo Byung-Chul Han advierte que este fenómeno no puede analizarse únicamente desde lo individual. Según su enfoque, la depresión y el agotamiento son síntomas de un cambio cultural más profundo, propio de lo que define como una “sociedad del rendimiento”.

A diferencia de otras épocas, donde predominaban las normas externas y las prohibiciones, hoy la presión surge desde el interior. La idea de que todo es posible —si se trabaja lo suficiente— genera una carga constante: ser más productivos, más exitosos, más felices. En ese marco, el fracaso ya no se atribuye a factores externos, sino que se vive como una falla personal.

Para Han, esta lógica produce una paradoja: una sociedad aparentemente libre que, en realidad, se somete a una autoexigencia permanente. “La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre de exceso de positividad”, sostiene, al señalar que la imposibilidad de decir “no”, de detenerse o incluso de aceptar el malestar genera un tipo de agotamiento que trasciende lo físico.

Este cansancio, explica, es esencialmente emocional y mental. La falta de pausas, la hiperconectividad y la necesidad constante de validación configuran un escenario donde el descanso pierde legitimidad y el rendimiento se vuelve una vara permanente.

En este contexto, la libertad también se resignifica. Ya no hay una figura externa que imponga límites; es la propia persona la que se exige rendir al máximo en todos los ámbitos de su vida: trabajo, vínculos, desarrollo personal. Esta dinámica, lejos de empoderar, puede derivar en una forma de autoexplotación difícil de sostener en el tiempo.

Las consecuencias no tardan en aparecer. Al instalarse la idea de que siempre se puede hacer más, ser más o lograr más, se configura una sensación de insuficiencia constante. Nada alcanza, todo es perfectible, y el descanso suele vivirse con culpa.

Frente a este escenario, algunos especialistas comienzan a señalar la necesidad de recuperar el valor del límite, del ocio y de la pausa como formas de resistencia frente a una cultura que empuja a la hiperactividad permanente.

Así, la depresión y el agotamiento dejan de ser únicamente problemas individuales para convertirse en señales de una época. Una época donde, paradójicamente, la promesa de libertad y bienestar puede transformarse en una fuente constante de presión y desgaste.

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