La dignificación de lo público

El arte contemporáneo suele elegir la calle como lugar privilegiado para su despliegue. Las instalaciones y performances adquieren fuerza en su propuesta de crear encuentros y situaciones por fuera de lo previsible, efecto que se acentúa al ser exhibidas no solo en los museos sino también en el espacio público. A la vez, sabemos que muchas de las luchas contemporáneas tienen también a la calle como lugar privilegiado para su despliegue. Así, la ocupación de los espacios públicos puede pensarse como búsquedas que permiten subvertir los modos ordinarios de representación. Interrupciones que apuestan a crear lenguajes diferentes a los tradicionales y con ello un modo de estar juntos que al igual que en el arte y en el psicoanálisis conmueve los cuerpos. Desde esta misma perspectiva exaltamos el psicoanálisis que habita el hospital como capaz de hacer entrar también por la puerta de lo público la contingencia, el malestar y el conflicto para hacer con ese real sin taponarlo ni borrarlo. Se trata de una apuesta que permite enlazar arte, política y psicoanálisis a partir de una estética que se opone fuertemente a la que neoliberalismo propone en tanto privatización de lo público. Esa “transformación que no para” que impulsa el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Concebimos la calle no en tanto lugar geográfico simplemente, sino en oposición a la idea de museo entendida tal como la concibe Agamben, como ese lugar que impide lo que él denomina la profanación. Para este filósofo, la “museificación del mundo es hoy un hecho consumado”[1], el museo no designa un lugar o espacio físico, puede coincidir con una ciudad entera, es un término que nombra la exposición a una imposibilidad de usar, de habitar, de hacer experiencia. En este sentido podríamos, desde nuestra práctica, llamar psicoanálisis “de museo” a aquel que se presenta bajo la forma de saberes estereotipados y fijos, inmaculados. Elegimos pensar la calle, entonces, en oposición al museo tanto para el arte como para el psicoanálisis, como el espacio de lo profanable, que a diferencia de la lógica del consumo, habilita la experiencia. La calle como lo que aloja el conflicto, o que molesta, lo que se mueve. Y también donde es posible un nuevo reparto de lo sensible que hace comunidad.

Es el filósofo Jacques Ranciére quien nombra al movimiento que propicia el arte como “un nuevo reparto de lo sensible”, que supone según sus palabras “la suspensión de las formas ordinarias” de la experiencia sensible, operando “un nuevo recorte del espacio material y simbólico”[2]. Hallamos una afinidad en ello con el psicoanálisis ya que también nuestra práctica apuesta al forzamiento de los sentidos ordinarios para favorecer otras versiones, por lo cual sin duda, podríamos decir que también el psicoanálisis apuesta, a partir de su modo de operar, a un nuevo reparto de lo sensible.

Ahora bien, observamos en el arte contemporáneo un énfasis, no tanto en la creación de objetos, sino en producir encuentros y situaciones. “En la sociedades post-industriales, ya no es la emancipación de los individuos lo que se revela como lo más urgente, sino la emancipación de la comunicación humana, de la dimensión relacional de la existencia”[3]. Así, el acento que Ranciére observa en este arte de “reparar fallas en el lazo social”[4], nos advierte que es a la carencia de lazos a lo que el arte contemporáneo parece querer responder, recogiendo de este modo la problemática de la época. En la lógica de un nuevo reparto de lo sensible, se trataría de “crear zonas de comunicación diferentes a las impuestas, espacios libres, duraciones cuyo ritmo se contrapone a lo que impone la vida cotidiana”[5]. Encuentros y situaciones entonces, que conmuevan la manera ordinaria, cristalizada de hacer lazo. Parafraseando lo que Lacan sostiene respecto a la sublimación, si en ella la pretensión era elevar el objeto a la dignidad de cosa, mostrando en ese movimiento el vacío que lo habita, aquí se tratará en cambio de elevar lo relacional a esa dignidad. Poner en juego en este caso el vacío que el lazo porta y convertirlo en su motor, en el hacer con-otros.

Habrá así un nuevo “estar juntos” que en el arte relacional propio de lo contemporáneo se privilegia, en el que Ranciére destaca una función comunitaria. En palabras de Espósito, “la comunidad no es un modo de ser, ni de hacer, del sujeto individual pero sí su exposición a lo que interrumpe su clausura y lo vuelve hacia el exterior, un espasmo, una síncopa en la continuidad”[6].

Será por esto que en el arte contemporáneo, tal como lo subraya Claire Bishop, “la obra, la instalación, se caracteriza por promover inquietud e incomodidad antes que pertenencia” y será en el espacio público, que “nuestras interacciones se hallan atravesadas por exclusiones sociales y jurídicas”[7] y es esto lo que para nosotros, al igual que para ella, el arte relacional que nos interesa debe problematizar. Así vemos cómo la función fecunda de lo público en el arte contemporáneo coincide con lo que Paul Beatriz Preciado despliega en su conferencia “¿La muerte de la clínica?”[8]. Si siguiendo a Foucault en algún momento se trató de desarmar las instituciones como la escuela, el hospital, en tanto disciplinarias, “hoy se da la situación paradójica de reclamar el derecho a la educación y salud públicas”, nos dice Preciado, ya no estamos luchando contra lo mismo. Ahora la resistencia es al imperio del mercado y el consumo, en la medida, entendemos que es esto último hoy lo que condensa lo disciplinario. Lo público es entonces lo que incluye hoy los cuerpos desplazados, colonizados y es eso mismo lo que el neoliberalismo pretende eliminar.

A partir de nuestro interés por la práctica en las instituciones, surge la pregunta: ¿qué de lo público del hospital aportaría entonces a un psicoanálisis que elegimos llamar de la calle? Podríamos desde esta perspectiva responder que el hospital en tanto público hace entrar de modo privilegiado ese real que se pretende aplanar. Por esa puerta entra la contingencia, el conflicto, el azar. Al igual que el artista, el analista hace con ese real, lo incluye y es este el desafío de nuestra época que psicoanálisis y arte comparten.

Así y respecto a este desafío de la época, nos preguntamos, ¿qué gran amenaza porta lo público como para desatar la voluntad que observamos cotidianamente hacia su destrucción? Con alarma observamos ese avance “que no para” y que apunta a una museificación de la ciudad, devastando, entre otros, el espacio de la salud pública en su conjunto. No nos alcanza como respuesta la sola motivación de lucro. Y es que junto a esos cuerpos desplazados ingresa también por la puerta del hospital, de lo público, la oportunidad de un lazo que subvierte la propuesta neoliberal.

Cuando trato de ubicar que es lo que más extraño del “Ameghino”, lugar donde ejercité mi práctica durante 30 años, pienso en los pasillos. Ese litoral, donde convivíamos compañeros y pacientes. Creo que en esa vocación de hacer con el malestar, en donde el psicoanálisis cruza lo reglamentario y normativo de la institución, se gesta un lazo que hace del sin-sentido causa y enlaza amorosamente desde lo que no hay. Al igual que en el arte, ese vacío toca los cuerpos, los vivifica, a partir de la cesión de algo privado que por un instante se hace éxtimo y resplandece en el encuentro con otros.

Así, ese tipo de cuerpo al que el neoliberalismo le reserva el lugar de víctima y que pretende reproducir a partir de sus políticas de mercado y planes de ajuste puede experimentar, otro modo de estar-juntos. Concluimos que no será entonces por su supuesta condición de debilidad que los cuerpos desplazados, colonizados y marginados, pretenden ser eliminados por regímenes neoliberales. Por el contrario esto tal vez se deba a que son fuertes en su vulnerabilidad y capaces, a veces, de inventar nuevas formas de vida.

Se trata en lo que pretendemos transmitir de un con-otros en donde lo que interesa no será integrar o reparar lo marginado o lo que no se adapta a lo convencional aplanándolo, sino de incentivar y dar lugar a prácticas que se atrevan a hacer con la dificultad. Una posición que permite enhebrar arte, psicoanálisis y política desde una estética y una ética afín, en la medida que además de una reconfiguración de lo sensible que toca y afecta los cuerpos hay en todos los casos una apuesta a hacer con el malestar sin eludirlo.

Una fuerza, una oportunidad que con alegría vemos crecer en la calle, conjurando la museificación.

* Claudia Lorenzetti es psiconalista. Lic. en Psicología. Ejerció su práctica hospitalaria en el Centro de salud N°3 “Arturo Ameghino”. Es autora de “Una estética para el psicoanálisis y el arte. Fragmentos, intervalos, interrupciones” (Ediciones del Dock).

Fuente: Pagina 12, Argentina.

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