El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) confirmó que bloqueó el paso de 38 embarcaciones en el estrecho de Ormuz, en el marco de la ofensiva naval dispuesta por Donald Trump. La medida, vigente desde el 13 de abril, continúa a pesar del alto el fuego con Irán y en un contexto de negociaciones estancadas.
Los buques fueron obligados a regresar a puerto o cambiar de rumbo, como parte de un cerco que restringe el tránsito hacia aguas iraníes. Según el Departamento del Tesoro estadounidense, el impacto es directo: cerca del 90% del comercio marítimo iraní se ve afectado, golpeando una de sus principales fuentes de ingresos.
El endurecimiento de la estrategia se produjo tras una ronda de բանակցaciones en Islamabad, mediadas por Pakistán, que no logró avances pese a más de 20 horas de diálogo. Aunque se esperaba retomar las conversaciones, la visita del canciller Abás Araqchi no alcanzó para destrabar el conflicto. Desde Washington, la postura es clara: no hay urgencia para negociar.
En declaraciones a Fox News, Trump defendió la política de “máxima presión” y aseguró que el tiempo juega a favor de Estados Unidos. Además, reiteró que su prioridad es impedir que Irán acceda a armamento nuclear, al considerarlo una amenaza global.
Desde Teherán, la respuesta fue contundente. Araqchi calificó el bloqueo como “un acto de guerra” y denunció que viola el alto el fuego vigente, profundizando una tensión que atraviesa décadas.
En paralelo, el escenario internacional se entrelaza con movimientos en Argentina. El embajador estadounidense Peter Lamelas invitó al presidente Javier Milei a visitar el portaaviones USS Nimitz, en un gesto que refuerza el alineamiento entre ambos gobiernos. Según fuentes oficiales, existen “altísimas probabilidades” de que el mandatario concrete la visita en los próximos días.
La agenda incluye además la participación argentina en el ejercicio naval Passex 2026, que se desarrolla entre el 27 y el 30 de abril en aguas del Atlántico Sur. Buques como el destructor ARA La Argentina y la corbeta ARA Rosales operan junto a unidades estadounidenses, incluyendo el USS Nimitz y el destructor USS Gridley.
Las maniobras —que contemplan ejercicios aéreos, tácticos y de intercepción— buscan fortalecer la interoperabilidad entre ambas fuerzas. También participan otras unidades argentinas, como el ARA Sarandí y patrulleros oceánicos, en un despliegue que apunta a consolidar capacidades en el Atlántico Sur.
Este tipo de ejercicios, conocidos históricamente como “Gringo-Gaucho”, no solo mejoran el adiestramiento militar, sino que también tienen un fuerte componente geopolítico. La cooperación con una de las flotas más avanzadas del mundo refuerza la presencia argentina en la región y abre la puerta a proyectos estratégicos, como la eventual Base Naval Integrada en el sur del país.
En un escenario global marcado por tensiones crecientes, el cruce entre la presión de Estados Unidos sobre Irán y la profundización de alianzas militares en América del Sur revela un tablero en movimiento, donde cada decisión tiene impacto más allá de sus fronteras inmediatas.







