El patrón del abandono: Putin, sus aliados y las promesas que nunca llegaron

Cuando en diciembre de 2015 Rusia decidió intervenir militar y diplomáticamente en Siria para sostener al dictador Bashar al-Assad en medio de la guerra civil, Vladimir Putin prometió un respaldo absoluto. La aviación rusa bombardeó sistemáticamente ciudades enteras, redujo a escombros zonas urbanas y acompañó esa ofensiva con un blindaje político en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde Moscú bloqueó toda resolución que buscara frenar la masacre. El régimen de Damasco se sostuvo gracias a ese apoyo… hasta que dejó de ser prioritario.

El quiebre llegó cuando los recursos de Moscú comenzaron a resultar insuficientes para sostener múltiples frentes abiertos. El empeño estratégico de Putin por avanzar sobre Ucrania terminó por sellar el destino de su aliado sirio. Aquella guerra, iniciada el 24 de febrero de 2022 y pensada como una operación relámpago, se transformó en un conflicto prolongado, costoso y sin avances decisivos. En ese proceso, Rusia dejó al descubierto dos debilidades estructurales: su limitada capacidad para ejecutar operaciones militares rápidas y contundentes, y su imposibilidad de sostener, con éxito, más de un escenario bélico al mismo tiempo.

Así, cuando Ahmed al-Shara lanzó su ofensiva final en Siria, encontró una resistencia mínima. El colapso del régimen fue veloz. Ante la inminente llegada de los rebeldes a Damasco, Bashar al-Assad recibió desde Moscú una ayuda tan simbólica como reveladora: una llamada telefónica ofreciéndole asilo y un traslado seguro. El respaldo incondicional había quedado atrás.

Esa misma lógica de abandono se repitió años después en América Latina. Nicolás Maduro, capturado en la madrugada del 3 de enero en Caracas por fuerzas estadounidenses, había tenido múltiples oportunidades para abandonar Venezuela y eludir a la justicia norteamericana. No lo hizo. Apostó todo a su alianza con Putin —y también con Cuba, Irán y China— convencido de que ese entramado geopolítico lo protegería.

Durante 2025, Maduro realizó un solo viaje internacional: asistió en Moscú a los actos por el 80° aniversario del Día de la Victoria. Hasta último momento confió en que sus vínculos con el Kremlin serían suficientes para evitar su caída y el traslado a Nueva York. Se equivocó.

Desde los tiempos de Hugo Chávez, Rusia había provisto a Venezuela de sistemas de defensa aérea, aviones, radares y asesoramiento militar. Oficiales rusos entrenaron a miembros de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en operaciones especiales y manejo de drones. Nada de ese arsenal ni de esa cooperación sirvió cuando comandos de élite estadounidenses ejecutaron la operación que terminó con la captura del dictador. Moscú no emitió alertas, no activó líneas rojas, no movió un solo recurso. Durante esas horas decisivas, Rusia estuvo, en los hechos, ausente.

La historia siria se repitió en el Caribe. A Maduro le fallaron las matemáticas geopolíticas: la distancia entre Moscú y Damasco es de unos 3.400 kilómetros; entre Moscú y Caracas, casi 10.000. Ni siquiera hubo un intento de evacuación. Si Putin no había salvado a Assad, ¿por qué habría de hacerlo con un aliado aún más lejano y costoso?

En Cuba, la sensación es similar. La dictadura castrista atraviesa una crisis humanitaria, económica y social sin precedentes, marcada por apagones prolongados, escasez de alimentos y agua, y un profundo desgaste político. Sin los barriles de petróleo ni los flujos ilegales que antes llegaban desde Venezuela, La Habana ya no recibe tampoco un auxilio sustancial desde Moscú. El respaldo ruso, alguna vez invocado como garantía de supervivencia, se diluyó.

En los círculos de poder cubanos, incluso, se empieza a hablar —en voz baja— de un posible debilitamiento interno de Putin. En la historia rusa, las guerras que no se ganan suelen tener consecuencias para quienes las conducen. Tras casi cuatro años de estancamiento en Ucrania, Moscú pierde influencia global y reduce su capacidad de sostener aliados lejanos.

En Irán, el diagnóstico no es muy distinto. El ayatollah Alí Khamenei y, sobre todo, la Guardia Revolucionaria Islámica observaron con inquietud cómo, en junio pasado, decenas de cazas israelíes F-35 atravesaron el espacio aéreo regional para atacar objetivos estratégicos en territorio iraní sin que ningún radar ruso emitiera advertencias. El golpe desarticuló sectores clave de la cúpula militar y de inteligencia de la teocracia.

El malestar con Moscú fue evidente. Teherán había suministrado drones y tecnología a Rusia para la ofensiva sobre Ucrania, un apoyo que no fue correspondido cuando más lo necesitó. Para el régimen iraní, la falta de asistencia se vivió como una traición.

Esta cadena de abandonos expone no solo la fragilidad de la red de influencia diplomática y militar de Rusia, sino también el carácter ilusorio de su proyección como alternativa global frente a Occidente. Las campañas de desinformación y la retórica de potencia protectora chocan, una y otra vez, con la realidad.

En América Latina, Venezuela —de manera dramática— y Cuba sienten hoy el peso de esas promesas incumplidas. Nicaragua probablemente no correrá mejor suerte cuando llegue su momento crítico. La pregunta queda abierta: ¿tomarán nota aquellos gobiernos que aún coquetean con el Kremlin, confiando en una protección que, a la luz de los hechos, rara vez llega?

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