Por Osvaldo Gonzalez Iglesias
El sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa una etapa de cuestionamiento profundo. Las instituciones creadas al calor de la victoria aliada —con la Organización de las Naciones Unidas como emblema— fueron concebidas para evitar una nueva conflagración global, institucionalizar la diplomacia y establecer reglas de convivencia entre Estados. Sin embargo, en los últimos años ese andamiaje parece tensionado por una combinación de conflictos persistentes, auge de regímenes autoritarios y una creciente desconfianza hacia el multilateralismo.
En este escenario, la figura de Donald Trump emerge como un catalizador de cambios. Su enfoque, caracterizado por decisiones audaces y una visión crítica de las organizaciones internacionales, reavivó el debate sobre el rol de Estados Unidos en el entramado global. La revisión de compromisos, la presión sobre aliados y el cuestionamiento a acuerdos multilaterales no solo alteraron la diplomacia tradicional, sino que también aceleraron una discusión latente: ¿sigue siendo eficaz el orden internacional diseñado en 1945?
El desgaste del esquema multilateral
El espíritu fundacional de la ONU y de otras instancias creadas en la posguerra se apoyaba en la idea de equilibrio y negociación permanente. La diplomacia debía actuar como mecanismo preventivo, acercando posiciones incluso en escenarios de fuerte antagonismo. Sin embargo, la proliferación de conflictos regionales y la consolidación de gobiernos autoritarios en distintas latitudes han puesto en evidencia los límites prácticos de ese sistema.
En numerosos casos, las respuestas institucionales se han reducido a declaraciones, exhortaciones y sanciones de alcance acotado. Para amplios sectores críticos, ese repertorio luce insuficiente frente a violaciones sistemáticas de derechos humanos, persecuciones políticas o crisis humanitarias prolongadas. Las resoluciones formales no siempre se traducen en cambios concretos sobre el terreno.
El cuestionamiento no se limita a la ONU. También alcanza a otros actores de influencia moral o diplomática, como el Santa Sede, cuyas intervenciones suelen tener peso simbólico pero escasa capacidad coercitiva. En un contexto donde la correlación de fuerzas vuelve a adquirir centralidad, los discursos y las recomendaciones parecen perder eficacia frente a dinámicas de poder más crudas.
Dictaduras persistentes y crisis prolongadas
La permanencia de regímenes autoritarios durante décadas ha reforzado la percepción de ineficacia del sistema internacional. Países como Venezuela, Nicaragua o Cuba continúan atravesando crisis políticas y económicas profundas, con denuncias reiteradas sobre restricciones a libertades civiles, persecución de opositores y éxodos masivos. Las sanciones y los pronunciamientos multilaterales no han logrado, hasta ahora, producir transformaciones estructurales.
En el caso de Irán, las tensiones internas y externas también han puesto de relieve la dificultad de la comunidad internacional para incidir de manera decisiva. Las protestas, la represión y las disputas geopolíticas reabren el debate sobre hasta qué punto las normas internacionales pueden sostenerse sin una fuerza capaz de garantizar su cumplimiento.
¿Un nuevo orden basado en la fuerza?
El diagnóstico más crítico sostiene que las reglas internacionales solo se respetan cuando existe una capacidad efectiva de hacerlas valer. Desde esta perspectiva, la primacía del poder militar y la disuasión vuelve a ocupar un lugar central en la arquitectura global. El giro hacia políticas más unilaterales o hacia alianzas estratégicas de seguridad sería una señal de que el equilibrio diplomático clásico está siendo reemplazado por lógicas de poder más explícitas.
No obstante, otros analistas advierten que un retorno pleno a la política de fuerza podría erosionar aún más los mecanismos de cooperación y aumentar la inestabilidad. La tensión entre multilateralismo y soberanismo, entre normas compartidas y poder duro, define el núcleo de la transición actual.
Incertidumbre y redefinición
El llamado “viejo orden” no ha desaparecido, pero enfrenta una redefinición. La emergencia de nuevas potencias, la fragmentación geopolítica y el desgaste de las instituciones tradicionales configuran un escenario en transformación. La pregunta central no es solo si el sistema posterior a 1945 está llegando a su fin, sino qué tipo de estructura lo reemplazará.
¿Será un esquema más pragmático y orientado al equilibrio de fuerzas? ¿O una reformulación del multilateralismo que incorpore mecanismos más eficaces de cumplimiento? Los resultados aún son inciertos. Lo que sí parece claro es que el debate ya no gira únicamente en torno a principios y declaraciones, sino a la capacidad real de garantizar derechos, estabilidad y convivencia en un mundo cada vez más polarizado.
En ese tránsito, pueblos que durante años denunciaron aislamiento o indiferencia internacional observan con expectativa cualquier cambio que altere el statu quo. El desafío, para la comunidad global, será evitar que la transición hacia un nuevo orden derive en mayor confrontación y, en cambio, logre combinar eficacia, legitimidad y respeto por la dignidad humana.
Breve recorrido por los conflictos mas importantes
El escenario internacional atraviesa una etapa de alta inestabilidad, con conflictos abiertos que combinan disputas territoriales, rivalidades geopolíticas, tensiones étnicas y crisis humanitarias. A continuación, un panorama de algunos de los focos más relevantes:
1. Guerra entre Rusia y Ucrania
El conflicto entre Rusia y Ucrania, iniciado con la invasión rusa en febrero de 2022, continúa siendo uno de los principales factores de tensión global. La guerra ha provocado decenas de miles de muertos, millones de desplazados y una fuerte reconfiguración de la seguridad europea.
Además de su dimensión militar, el conflicto impacta en los mercados energéticos, alimentarios y en la arquitectura de seguridad de la OTAN.
2. Conflicto en Gaza e inestabilidad en Medio Oriente
La confrontación entre Israel y el grupo islamista Hamás en la Franja de Gaza ha generado una crisis humanitaria de gran escala. El enfrentamiento, que se intensificó tras los ataques del 7 de octubre de 2023, derivó en operaciones militares prolongadas y en una creciente tensión regional que involucra a Irán y otros actores.
El riesgo de una escalada mayor sigue latente, especialmente por la participación indirecta de potencias regionales y globales.
3. Guerra civil en Sudán
En Sudán, la lucha de poder entre el Ejército regular y las Fuerzas de Apoyo Rápido desencadenó en 2023 un conflicto devastador. La violencia ha causado miles de muertes y uno de los mayores desplazamientos internos del mundo. La fragilidad institucional y la disputa por recursos estratégicos profundizan la crisis.
4. Conflicto en la República Democrática del Congo
El este de la República Democrática del Congo vive una prolongada situación de violencia protagonizada por milicias armadas, entre ellas el grupo M23. Las tensiones incluyen acusaciones de injerencia regional y disputas por el control de minerales estratégicos clave para la industria tecnológica global.
5. Crisis en Yemen
La guerra en Yemen enfrenta al gobierno reconocido internacionalmente contra los rebeldes hutíes, respaldados por Irán. Aunque hubo intentos de tregua, el conflicto sigue generando una de las peores crisis humanitarias del planeta, con inseguridad alimentaria masiva y colapso sanitario.
6. Tensiones en el mar de China Meridional y Taiwán
La creciente rivalidad entre China y Estados Unidos se manifiesta en disputas por influencia estratégica, especialmente en torno a Taiwán y el mar de China Meridional.
Aunque no hay guerra abierta, la militarización de la zona y los ejercicios militares incrementan el riesgo de un incidente que escale a mayores proporciones.
7. Conflictos internos y crisis políticas en América Latina
En Venezuela, la prolongada crisis política y económica ha provocado migraciones masivas y tensiones diplomáticas. En Haití, la violencia de bandas armadas y la debilidad institucional mantienen al país en una situación de extrema fragilidad.
Un mundo más fragmentado
Muchos de estos conflictos tienen dimensiones locales, pero consecuencias globales: alteran cadenas de suministro, impactan en precios de energía y alimentos, generan flujos migratorios y redefinen alianzas estratégicas.
La característica común no es solo la multiplicidad de guerras, sino la erosión de consensos internacionales y la creciente dificultad para alcanzar soluciones diplomáticas duraderas. El escenario actual combina conflictos convencionales, guerras híbridas, ciberataques y disputas económicas, configurando una etapa de transición en el sistema internacional cuyo desenlace aún es incierto.







