Borges y Averroes: la razón frente al misterio y el arte de no comprender

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En La busca de Averroes, Jorge Luis Borges construye una figura profundamente trágica: la de Averroes enfrentado a los límites de la razón. El sabio intenta descifrar en la Poética de Aristóteles el significado de “tragedia” y “comedia”, sin advertir que aquello que busca no puede entenderse desde la abstracción, sino desde la experiencia. El teatro no se explica: se presencia.

La escena es reveladora. Averroes observa a unos niños que juegan a representar combates, muertes y resurrecciones. Sin saberlo, ellos encarnan aquello que el filósofo intenta comprender. Sin embargo, él no logra reconocerlo. Mira, pero no participa; analiza, pero no vive. En esa distancia, Borges cifra una crítica más amplia: la de una inteligencia que, al querer abarcarlo todo, termina perdiendo contacto con lo esencial.

Ese gesto se vuelve espejo del lector moderno, que muchas veces se acerca a lo que ama desde la distancia, sin dejarse afectar. Para Borges, la verdadera comprensión comienza cuando el pensamiento abandona su pretensión de dominio y se abre a la experiencia.

En La esfera de Pascal, el autor retoma una antigua metáfora: Dios como una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. La imagen, heredada de tradiciones filosóficas y teológicas, sugiere una verdad que no puede fijarse ni encerrarse. Borges la adopta como una clave de su propia visión: el conocimiento no es posesión, sino aproximación; no es certeza, sino reflejo.

De allí su universo literario poblado de espejos, laberintos y bibliotecas infinitas. Estas figuras no son meros juegos estéticos, sino formas de pensar lo inabarcable. En ellas se intuye una concepción casi mística: la verdad no se ofrece de manera directa, sino fragmentada en signos, metáforas e intuiciones.

Aunque Borges no se declara creyente, su obra está atravesada por una actitud reverente frente al misterio. En Ficciones, escribe que “no hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”, subrayando la distancia entre el pensamiento y la realidad. Sin embargo, esa aparente inutilidad no implica negación, sino otra forma de búsqueda: una exploración que acepta el límite como condición.

En este punto, su diálogo con Averroes se vuelve más profundo. El filósofo medieval concibe el límite como un obstáculo a superar; Borges, en cambio, lo asume como un espacio habitable. La mente humana, sugiere, no está hecha para poseer la verdad, sino para rodearla, insinuarla, evocarla.

Esa idea encuentra eco en figuras trágicas como Edipo o Tiresias, e incluso en Homero: todos ellos asociados a la ceguera, entendida no como carencia sino como acceso a una visión interior más profunda. En Borges, la ceguera se convierte en metáfora de la condición humana: solo podemos intuir la verdad a través de lo que no vemos.

Si Averroes aspiraba a reconciliar razón y revelación, Borges propone otra síntesis: la de ignorancia y sabiduría. Ambos comparten un impulso casi religioso, pero divergen en el método. Uno busca explicar; el otro, sugerir. Uno persigue claridad; el otro, se interna en lo insondable.

Esta tensión recorre también la tradición bíblica, donde la fe no es demostración, sino salto. Abraham no calcula: confía. Job no comprende: resiste. Moisés no explica el misterio de la zarza ardiente: se inclina ante él. Borges recoge esa enseñanza y la transforma en literatura: escribir es, de algún modo, aceptar el enigma sin renunciar a interrogarlo.

Al final, el encuentro entre Averroes y Borges revela una intuición común: el conocimiento no tiene fin porque su objeto no es la certeza, sino la belleza del misterio. Averroes quiso comprender el teatro; Borges entendió que el mundo entero lo es.

La diferencia entre ambos no radica en la inteligencia, sino en la actitud. Uno intenta descifrar; el otro, participar. Pero en ambos casos, la verdad no se impone: se insinúa como una invitación permanente al asombro.

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