Cuando la violencia entra al aula en América Latina

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En los últimos días, varios hechos de violencia en colegios de América Latina encendieron las alarmas. En México, un estudiante mató a dos profesoras; en Argentina, un adolescente asesinó a un compañero en una escuela de Santa Fe; y en Chile, un ataque con arma blanca dejó una inspectora muerta.

«Se trata de una tendencia local, regional y global preocupante, inscrita en un marco mayor de violencia institucional y política, con consecuencias fatales», advierte Mariana Chendo, directora de la Licenciatura en Ciencias de la Educación de la Universidad del Salvador (USAL), consultada por DW.

Las cifras acompañan ese diagnóstico. Según un informe de UNICEF de enero de este año, uno de cada cuatro adolescentes en la región sufre acoso escolar, mientras que datos globales de la UNESCO (noviembre de 2024) indican que la violencia en entornos educativos afecta a uno de cada tres estudiantes.

Desde México, la antropóloga y psicoanalista Elena Azaola, especialista en violencias e investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), advierte sobre una creciente normalización de la violencia en los entornos de los jóvenes.

«Hay un aumento que se relaciona con otras violencias que existen en el entorno de los menores: en sus casas, en sus comunidades. Las escuelas no quedan al margen de este contexto», señala en entrevista con DW. «Existe una mayor tolerancia hacia la violencia que tiende a normalizarse», agrega.

Un malestar que se expresa en la escuela

Ese clima se expresa en las aulas, pero no se origina allí, sostienen las expertas. Como señala Chendo, «la violencia escolar tiene cada vez límites más difusos y está vinculada a la violencia entre pares más que a una agresión restringida al interior de la institución».

Dos uniformados con una mujer frente a un colegio de Chile.
Familiares esperan frente al Instituto Obispo Silva Lezaeta, mientras la policía resguarda el ingreso, tras un ataque con arma blanca en Calama, norte de Chile, el 27 de marzo de 2026. Un estudiante mató a una trabajadora del colegio e hirió a cuatro personas, tres de ellas menores.Imagen: Julian Valdes/AFP

«Se ha incrementado un malestar grande en niños, niñas y adolescentes. En la escuela manifiestan todo lo que traen de afuera y hay un clima hostil que hace que intenten resolver lo que les pasa», explica, en tanto, la psicopedagoga María Zysman, fundadora de la Asociación Civil Libres de Bullying, en diálogo con DW.

A esto se suma otra carencia: «Hay una gran falta de espacios que atiendan la salud mental de niños, niñas y adolescentes, sobre todo después de la pandemia», asegura Zysman. La escuela, así, queda expuesta a demandas que no está preparada para resolver.

Asimismo, las figuras de autoridad se han debilitado, lo que reduce la capacidad de orientar, contener y acompañar a los estudiantes. «Los chicos ya no reconocen al adulto como una figura diferenciada», señala la experta.

Cuando la agresión se vuelve espectáculo

También inciden los entornos digitales. Las redes y los espacios en línea amplifican las dinámicas de la violencia y, al mismo tiempo, ofrecen pertenencia a quienes se sienten excluidos. Allí, la agresión no solo circula, sino que muchas veces es validada y celebrada.

«¿Es posible frenar la violencia en una sociedad que ha convertido la agresión en una fiesta, donde hay un retuit por cada insulto, un ‘me gusta’ por cada humillación, comentarios que validan el odio y celulares que graban en vivo desde los golpes hasta los crímenes?», se pregunta Chendo.

¿Un fenómeno importado?

En este marco, la comparación con Estados Unidos parece inevitable. Sin embargo, el paralelismo tiene límites. «No se trata de una simple copia de la cultura norteamericana. El patrón latinoamericano tiene especificidades: aquí las preocupaciones centrales no son los tiroteos masivos, sino las desigualdades sociales, las violencias de género y las violencias intrafamiliares», señala Chendo.

Además, puntualizan, el acceso a armas en la región no es equiparable al de Estados Unidos, lo que también incide en las formas que adopta la violencia escolar.

En ese contexto, la prevención aparece como un eje central. «Es urgente priorizar la prevención de la violencia escolar desde los primeros años, promoviendo la gestión de las emociones, la empatía y el manejo pacífico de conflictos», señala a DW Enrique Chaux, profesor titular de la Universidad de los Andes en Colombia y experto en convivencia escolar.

El académico colombiano subraya que no solo los estudiantes deben aprender a intervenir sin violencia frente a situaciones de maltrato, sino que también los docentes requieren formación específica.

«También es clave limitar el acceso de menores a armas y fortalecer el trabajo coordinado con la comunidad», evalúa.

En este marco, el desafío no pasa únicamente por identificar agresores individuales, sino por entender las dinámicas que sostienen la violencia. «Al desplazar la mirada desde el perfil psicopatológico del agresor hacia las dinámicas de los vínculos, se advierte que el bullying no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de la fragilidad del lazo social», plantea Chendo.

Según los expertos, el problema no es solo cómo reaccionar ante los casos extremos, sino también revisar cómo la violencia se vuelve, cada vez más, una forma aceptada de vínculo.

(dzc)

Fuente: DW

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